lunes, 8 de marzo de 2010

CASO RIZAL, o la manipulación de la Justicia Militar

Los reinos que ganan los capitanes con espada, los pierden los abogados con sus pleitos.
 Quevedo
 



La lealtad de Rizal para España no tenía  fisuras. Rizal, lejos de ser un revolucionario, era un joven de clase burguesa que más bien ansiaba reformas administrativas para Filipinas, entre ellas la equiparación del archipiélago a provincia española de pleno derecho, con el correspondiente fin del estatuto colonial y, sobre todo, de la sofocante tutela que las órdenes religiosas ejercían sobre la vida social del país, impidiendo modernización y progreso. En Madrid, como líder del movimiento de estudiantes filipinos en España que hacían propaganda para que Filipinas fuese conocida y respetada en sus reivindicaciones, Rizal contribuyó con artículos para el quincenal La Solidaridad, editado por algunos de sus paisanos malayos como Marcelo Hilario del Pilar, Panganiban, López Jaena, Lete, primero en Madrid y luego en Barcelona. El ideario de la publicación era el siguiente:
  • que Filipinas fuera una provincia de España, y no una colonia (razón por la cual es también considerado por algunos como héroe nacional español, habiendo en España varias calles con su nombre).
  • que Filipinas obtuviese, por tanto, representación parlamentaria en las Cortes Generales;
  • que las parroquias regentadas por sacerdotes españoles fuesen gradualmente cedidas al clero nativo;
  • que se concediese a la gente de Filipinas libertad de reunión y de expresión;
  • que se estableciese la igualdad legal entre la población malaya y los españoles.
De haberse llevado a cabo tal programa, las obras de Rizal (en especial sus dos novelas, Noli me tangere y El filibusterismo) hubieran podido publicarse en Filipinas, pero las autoridades de las islas intuyeron que tales reformas comprometerían los privilegios de los colonos españoles. Por tal razón, vuelto a Manila en 1892 se le acusó de subversión por la fundación de un movimiento cívico llamado Liga Filipina, condenándosele a exilio temporal en Dapitan, Mindanao.
En el lugar de su exilio, Rizal fundó una escuela y un hospital. Mientras tanto, en 1896, el Katipunan, una sociedad clandestina abiertamente independentista, inició una revolución inspirada en ciertas frases patrióticas sacadas de las novelas de Rizal. El joven doctor, que para redimirse de su exilio había obtenido del gobierno español una plaza de médico de campaña en Cuba (entonces también insurrecta), fue arrestado a bordo de la nave que le llevaba a España. Devuelto a Filipinas, se le acusaba de haber instigado la revuelta separatista.
                                      
Rizal fue  acusado de asociación ilícita con otros revolucionarios. Convicto por sedición, fue condenado a ser fusilado en el paraje de Bagumbayan (ahora Parque de Rizal), dentro de Manila. En la víspera de su ejecución, escribió un poema titulado Mi último adiós, así como una carta a su íntimo amigo y colaborador alemán Ferdinand Blumentritt, en la que afirmaba
Querido hermano, cuando recibas esta carta ya habré muerto; mañana a las 7 seré ejecutado, aunque no soy culpable de rebelión.
En la madrugada del 31 de diciembre asistió a una misa con Josephine Braecken, una joven belga que había decidido acompañarle durante el tiempo que había durado su destierro, y con la que contrajo entonces matrimonio. Antes de su ejecución, pidió que no se le vendaran los ojos y que le fusilaran de frente; lo primero se le concedió, pero se le negó lo segundo, por considerársele traidor. Con todo, antes de los disparos Rizal se volvió hacia el frente; caía así, mostrando convicción en su propia rectitud.
Rizal es miembro de la generación más señera de los grandes nacionalistas filipinos, junto con sus paisanos y compañeros Andrés Bonifacio y Emilio Aguinaldo. En la actualidad existe un monumento en el sitio donde Rizal cayó, modelado por el escultor suizo Richard Kissling, autor de la estatua de Guillermo Tell. En el monumento a Rizal se lee lo siguiente:
Quiero mostrar a quienes privan a la gente el derecho del patriotismo que sí sabemos como sacrificarnos a nosotros mismos por nuestros deberes y principios. La muerte no importa cuando se muere por lo que se ama: la patria y los seres queridos.

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